jueves, 14 de abril de 2016

Un ágora para pensar



Érase una vez un mundo en el que el menú del restaurante no admitía sugerencias fuera de la carta, en el que los colores se dividían en claros u oscuros, en el que el más pequeño se dejaba escoltar por la estela de pisadas que el grande dejaba; un mundo en el que la creatividad se castigaba con miradas recelosas, lacerantes y excluyentes. Tal vez, lector, habrá colegido que las anteriores palabras aluden a un relato, mas refiriéndome estoy a la mismísima realidad.
En efecto, puede afirmar que vive en una sociedad que se deja llevar por unas directrices previamente impuestas, en la que el libre pensamiento puede parecer una quimera. Sin embargo, no ha de temer. Si bien cada nueva perspectiva nos lleva a abarcar un poco más de la gran parcela que constituye la realidad, la mía no lo dejará indiferente; pues vengo a rescatar la esencia de las ágoras. No obstante, cabe preguntarse: ¿qué es un ágora?
La palabra <<ágora>> procede del griego y traducido queda como: <>. Un ágora se define como aquella plaza de las polis griegas que llegaba a suponer un centro de comercio, cultura y política de la vida social del griego de a pie. Empero, la relevancia del ágora subyace en el hecho de que era el lugar donde los mismos ciudadanos podían participar en el debate de asuntos del sistema democrático. Eran, así, espacios abiertos a la opinión del viandante griego, donde -si se disponía de buen criterio- sus palabras no eran tomadas en balde.
Hoy en día la concepción de las ágoras o del propio acto de la reflexión se halla sumida en el olvido; podría decirse, ateniéndonos a la afirmación cartesiana: <>, que ni tan siquiera somos. ¿Por qué ha de preocuparnos la presencia de unos lugares habilitados para el pensamiento, si no nos cuestionamos nuestra existencia? ¿Por qué construir mi propio ideario, cuando es mucho más fácil dejarse llevar por las costumbres de la masa? Quizás mis cuestiones sean acerbas, mas no llegaremos a observar el mundo que nos rodea si mantenemos el velo de incertidumbre que nos ciega. A veces es la televisión -esa caja de luces y sombras que proyecta fútiles y distorsionados reflejos  de la realidad-, la que anula nuestro raciocinio; mientras que otras ocasiones, es el temor a ser distinto a los demás lo que nos acobarda y hace que nos estanquemos en las ideas que una tradición -desprovista de revisión- considera excelsas. 
Habremos de recuperar el noble arte de pensar y, para ello, lo mejor será que habilitemos lugares para ello. Recrear las ágoras en la actualidad resulta una ardua tarea; pero, pueden proponerse alternativas como los cafés filosóficos, en los que habría un filósofo -o filósofa- dispuesto a comenzar una discusión acerca de un tema y moderarla o, sin ir más lejos, dialogar en el parque o plaza de toda la vida con los amigos -no creo que a nadie le moleste escuchar un buen argumento mientras pasea-.      
Expresar aquello que la mente desea es lo que nos ha permitido destacar entre otras especies, es lo que le permite que usted lea y comprenda las palabras de un servidor. Ser distinto, único e irrepetible tanto al pensar como al proceder es lo que nos confiere el ser persona. ¿Por qué rehuir el pensamiento genuino, cuando este viene escrito en la naturaleza humana?
Adrián Mateos Gil