domingo 11 de marzo de 2012

Viaje al Poder de la Mente, de Eduard Punset

Nuevamente nos acercamos al mundo de la ciencia. Este ámbito del saber cuenta en lengua castellana con un divulgador de excepción: Eduard Punset, quien, gracias a sus publicaciones y a la emisión semanal del programa Redes, se ha convertido en un intermediario entre la elaboración científica de los investigadores más prestigiosos y nosotros, curiosos ciudadanos sorprendidos por un avance científico que construye la sorprendente tecnología que nos rodea por todas partes. Pero el Viaje al Poder de la Menteparece que ha llamado poderosamente nuestra atención, quizás por lo sugerente del título o bien por la misma materia que trata, la mente, algo que nos concierne directamente a cada uno de nosotros. En cualquier caso, resulta gratificante -y para algunos, sorprendente, que un libro acerca de los últimos descubrimientos sobre los secretos del cerebro, el órgano del pensamiento -dirían unos, el asiento físico de la mente -dirían otros, sea hoy la obra de no ficción más vendida en España. Es probable que su éxito esté en nuestra natural curiosidad por descubrir los enigmas de nuestra naturaleza y el porqué de nuestros comportamientos.

Muchas personas piensan que la ciencia es cosa “muy seria”, y que la divulgación de sus postulados se limita al ámbito de los investigadores especializados capaces de comprenderlos. En realidad esto no es así.

Desde la década de los 90 del siglo pasado ha aparecido una pluralidad de revistas que tratan cuestiones científicas, las que podemos encontrar en los kioscos de prensa. Junto a ellas, destacamos la actual proliferación de sitios web de la misma temática, y la inauguración hace unos años del monumental Museo de las Ciencias y las Artes en Valencia. Y entre los divulgadores destaca Eduard Punset, quizá porque posee la extraña habilidad de hacer sencillo lo complejo, y mediante una locuacidad especial transmite con éxito las afirmaciones científicas al común de los mortales. Con un ingenio que nos divierte y con historias que nos conmueven, hace que consideremos con simpatía una variedad de temas científicos, en los que siempre está presente el hombre.

En una consideración sobre la obra, leemos: “No faltará quien piense que sus libros, al someterlos al esfuerzo de adaptación para los no especialistas, están faltos de la profundidad que requieren esos temas; dirán que su lenguaje no reúne la precisión de los escritos científicos y que se ha servido de los descubrimientos de terceros para su interés personal”. En cualquier caso, nosotros -como lectores, estamos ajenos a estas controversias de especialistas, que siempre acompañan a la divulgación del saber especializado, y agradecemos la labor de quien lo ha hecho fácilmente comprensible, lo que también es un mérito, que en ésta caso a él le pertenece.

En la introducción de la publicación se explica: “En este libro nos estamos refiriendo a los grandes descubrimientos de los que nadie habla y que, no obstante, han transformado la vida del ser humano corriente hasta niveles inimaginables. Estamos mencionando el poder de la mente porque de su conocimiento depende que pueda controlar su propia vida. Así ocurrió cuando descubrimos que no éramos el centro del Universo; que el cerebro está preparado, aunque no le guste, para cambiar de opinión; que construimos el futuro en torno al pasado; que no todos los sistemas irracionales de la mente son inválidos; que estamos programados mentalmente para ser únicos y que, tal vez, en ello resida la explicación de nuestra capacidad infinita para hacernos infelices. Y, finalmente, que al cambiar todo a nuestro alrededor, incluida la estructura de la materia, difícilmente no íbamos a cambiar nosotros también.”

También se puede recurrir a YouTube para que sea el propio Punset quien presente su fascinante libro. http://www.youtube.com/watch?v=tcnIeQ99ZVAaumenta.

jueves 23 de febrero de 2012

Unamuno y Antonio Machado: El latido de una amistad

Miguel de Unamuno y Antonio Machado fueron dos seres humanos que compartieron ilusiones e ideas, pero pocos datos tendríamos de esta amistad, de esta vida compartida, si no hubiese llegado a nosotros parte de su correspondencia privada: las cartas que Antonio Machado dirigió a Don Miguel, testimonio de amistad y devoción.

Unamuno y Antonio Machado: El latido de una amistad

Las preguntas y respuestas que se cruzan entre ellos se enclavan en los grandes temas de siempre de la poesía, y de la filosofía: el amor, Dios, la eternidad, el hombre, la verdad.... ¡La Verdad!, como decía Machado, no tu verdad, o mi verdad, sino la Verdad. Aunque tampoco es la verdad por la verdad, por la simple argumentación intelectual, replica Unamuno, eso es inhumano. El filósofo no solo filosofa con la razón, sino con la voluntad, con el sentimiento, con el alma toda y con todo el cuerpo. Las obras de estos dos escritores están cargadas de pensamiento y sentimiento.

La influencia que se ejercieron Unamuno y Machado es mutua. Machado creía que toda poética debía tener una filosofía, la suya era la de Unamuno. Esto no le resta originalidad a Machado, pues Unamuno sencillamente era el que planteaba los problemas, el aldabón que golpea la conciencia y Machado, por cuenta propia, buscaba soluciones a estos problemas, soluciones que Unamuno reutilizaba otra vez en sus artículos usando la perfecta expresión de la poética machadiana.

1. EL NACIMIENTO DE UNA AMISTAD
Machado envió a Unamuno su primer libro de versos "Soledades", en 1903, con la siguiente dedicatoria : A don Miguel de Unamuno, al Sabio y al poeta. Devotamente : Antonio Machado. Unamuno no publicó su primer libro de versos hasta 1907 y curiosamente Machado ya le llama poeta. Parece ser que se conocieron alrededor del 1900.

Podríamos empezar dejando hablar a Unamuno: ¿qué idea tiene de la filosofía? Pues para él es más poesía que ciencia, decía: "La filosofía es una reacción al misterio de la realidad, concretamente al de la vida humana y su destino". La filosofía, como dice en el Del Sentimiento trágico, es un esfuerzo por racionalizar la vida y a la vez vitalizar la razón. "El hombre filosofa para vivir, la filosofía es un producto humano de cada filósofo y cada filósofo es un hombre que se dirige a otros hombres como él. Filosofa el hombre porque necesita saber a qué atenerse, qué ha de ser de él, consolarse o desesperarse de haber nacido..... El ser humano es el supremo objeto y sujeto de toda filosofía."

El punto de partida de su filosofía está en el apetito de perduración, un afán de inmortalidad, en el sentido de la tesis de Spinoza, según la cual, la esencia de una cosa consiste en su tendencia a perseverar en su ser indefinidamente. Dicho de forma unamuniana: Ser es querer seguir siendo siempre, lo que no es eterno no es real.

Es posible que en 1903 Unamuno le visitara para darle las gracias por el envío de Soledades, y por ello Machado le dedicó su poema Luz. Esta es la época de fuerte formación de Machado, le escribe Machado a Unamuno : "Usted con golpes de maza ha roto, la espesa costra de nuestra vanidad, de nuestra somnolencia...A usted debo el haber saltado la tapia de mi corral o de mi huerto...hay que soñar despierto. No debemos crearnos un mundo aparte...no debemos huir de la vida para forjarnos una vida mejor que sea estéril para los demás". Unamuno le decía al joven poeta : "Huya, sobre todo, del arte de arte, del arte de los artistas, hecho por ellos para ellos solos". Este rechazo de Unamuno por los profesionales de la poesía, junto con la influencia de Giner de los Ríos contribuyó a que el joven poeta se decidiese a trabajar para vivir y buscase una profesión, como el mismo don Miguel había hecho en su juventud.

2. EL TEMA DE ESPAÑA EN UNAMUNO Y MACHADO
Unamuno y Machado sienten a España como un problema, y al hablar de España no se referían a una abstracción, sino a lo que verdaderamente la hace: sus gentes- con su carácter, su forma de vivir y obrar, sus pasiones -, la tierra en que viven y mueren, campos, ciudades.... No hay que perder de vista la educación de los Machado, familia liberal, una escuela que soñaba con el renacer a través de su historia, arte, paisajes, y de ahí nace su amor, sus Campos de Castilla, hundiendo el dedo en los problemas. En Unamuno ese es un aspecto que no hay que destacar: su obra es una apasionada meditación sobre España, y su impresionante concepto de la intrahistoria, frente a historia. Dice: "... los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día... se levantan a una orden del sol, y van a sus campos a proseguir la silenciosa labor cotidiana y eterna...esa vida intrahistorica, silenciosa y continua...es la sustancia misma del progreso, la verdadera tradición eterna".

En Machado hay artículos desarrollando las ideas de En torno del Casticismo, donde critica los discursos patrióticos momentáneos y falsos: "Somos los hijos de una tierra pobre e ignorante, de una tierra donde todo está por hacer... Sabemos que la patria es algo que se hace constantemente y que se conserva solo por la cultura y el trabajo. Sabemos que no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra... No es morir para defender esos pelados cascotes; ...es acudir con el árbol o la semilla, con la reja del arado o con el pico del minero a esos parajes sombríos y desolados donde la patria está por hacer".

Está siempre el hombre como preocupación máxima. Penetraban en el espíritu de la Tierra y en el de los hombres, recordemos que Machado aún con tinta modernista cantó a las buenas y malas gentes, halladas en veredas y caminos.

El hombre de la tierra, como llaman al campesino, al que cultiva el terruño en que vive, y lo trabaja de sol a sol, el protagonista de la intrahistoria. Los entienden profundamente, su esclavitud, su incultura, su ignorancia que les llevaba a cometer terribles crímenes, el mal reparto de las tierras. Este problema le hizo tomar parte a Unamuno de la política activa para tratar de solucionarlo, por ello aceptó ser diputado a Cortes. Dijo Machado que lloró con el poema de Unamuno: "Bienaventurados los pobres ", que habla de la emigración relacionada con el mal reparto de las tierras, el amargor de la casta y la envidia.

Otro tema frecuente es el señorito, la crítica hacia el señoritismo de una clase social española. Señorito es ese hombre del casino provinciano, Señorito es don Guido, cuyas características son la vaciedad, -sobretodo el vacío en la cabeza-, horror al trabajo, afición a matar el tiempo, -ya sea con las mujeres, con el juego, con los toros,...-, eso sí tradicionalmente católicos, y una total ausencia por cualquier asunto serio como por ejemplo los destinos de los seres humanos o de la patria. El señoritismo se complace en ignorar la insuperable dignidad del hombre, Unamuno y Machado, en cambio, la conocen y la afirman: "Nadie es más que nadie" dice Machado, "Nadie es más que nadie", por mucho que valga un ser humano, nunca tendrá un valor más alto que el de ser , precisamente esto, humano.

Los llamados escritores del 98 aman profundamente la tierra, el suelo sobre el cual el hombre vive. De ahí su interés por el paisaje. Ven la tierra que pisan, la que recorren en sus paseos y en sus excursiones; la descubren. Y tras, el descubrimiento, la van llenando de sentido, la convierten en un símbolo. El paisaje es una puerta hacia el alma. Ahí se enclavan las "Andanzas y visiones españolas" de Unamuno y las descripciones de paisajes de los poemas de Machado, como "A orillas del Duero".

¿Como es esa España soñada de Unamuno y Machado? Sería esa en la que el espíritu de don Quijote habría triunfado. Esta generación penetró a fondo en la figura del Quijote, y la convirtió en un mito histórico central, es el hombre español del futuro, decía Unamuno: "Grave, no pesimista, luchador, resignado, impávido ante el ridículo, hombre de voluntad, más espiritual que racional". De Machado sabemos que toda su vida hizo de la historia del hidalgo manchego uno de sus hijos predilectos: "¿cual es la ventaja de tener espíritu quijotesco?, algún día habrá que retar a los leones, con armas totalmente inadecuadas para luchar con ellos. Y hará falta un loco que intente la aventura. Un loco ejemplar". Suscribe Machado con entusiasmo la defensa unamuniana de la locura quijotesca: "Locos necesitamos, que siembren para no cosechar, cuerdos que talen el árbol para alcanzar el fruto, abundan, por desgracia".

3. EL SENTIMIENTO TRAGICO DE LA VIDA
Machado, durante los años sorianos conoció el amor. La presencia de Leonor en la pensión el segundo año de Antonio en Soria, cambia su vida. Él la miraba de lejos, no se atrevía a decirle nada, ella jugaba con otras adolescentes, tenía 15 años. Al cabo Leonor, le dice sí, y una mañana de finales de julio de 1909 voltean las campanas anunciando la boda. La boda, desde luego, desató comentarios mordaces, en el clima mezquino de la España de cerrado y sacristía.

Pero ellos eran felices. Pasan los días, los meses, Machadosigue escribiendo Campos de Castilla, de esa época es La Tierra de Alvargonzález. Y cumplen un sueño: se van a París. Y allí Leonor se pone enferma súbitamente el 14 de julio, París bulle en fiestas. Antonio, enloquecido recorre todo París sin encontrar un solo médico. Le pide dinero a Rubén Darío para volver a España.

Machado pasa los días a la cabecera de Leonor para tratar de salvarle la vida. Campos de Castilla sale a la prensa y le consagra como uno de los primeros poetas en lengua española. Unamuno, Azorín, Ortega , toda la crítica habla de él.

En estos momentos esperando el renacimiento de Leonor escribe el poema: A un olmo viejo, hendido por el rayo/ y en su mitad podrido,/con las lluvias de abril y el sol de mayo/ algunas hojas verdes le han salido..../ Mi corazón espera/ también hacia la luz, hacia la vida / otro milagro de la primavera.
El milagro no llegó. Llegó la muerte. Esa muerte que se siente injusta y brutal porque siega la existencia de alguien que comenzaba a vivir. Murió Leonor sin que Antonio desasiese su mano.

Unamuno le envia una carta de pésame: "Nosotros, que sabe cuando le queremos, pretendemos que de su mismo dolor saque energías.... El mejor sedante para las almas tristes está en que ellas miren de frente a su propia tristeza.", y eso hace, Antonio dice: Señor ya que me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

En algún momento de la vida, el hombre busca a Dios. Machado busca a "Dios entre la niebla", identifica a Dios con el Misterio, quiere asomarse al borde del abismo para contemplar el Misterio cara a cara. ¿Es Machado un hombre religioso?, Quizá..., sí, si entendemos como hombre religioso, no el que cree en una religión determinada, sino el que ha logrado buscar incansablemente a Dios, sea cual sea el resultado de su trabajo.

Este trasfondo está en Unamuno. En su ensayo "Mi religión" (1907) escribe: "Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva". Buscar la verdad significa ser sincero , y ser sincero no significa solamente no mentir sino decir la verdad y amarla. La verdad no es algo muerto, o puramente teórico, sino que en ella está la vida, y está en la Vida, la verdad es la que nos hace vivir. Unamuno llenó su vida de esa búsqueda, dice: "Lo mejor sería que no hiciéramos sino monologar, que es dialogar con Dios." Luego dirá Machado: converso con el hombre que siempre va conmigo/-quien habla solo espera hablar a Dios un día -.

Este individuo que va siempre con nosotros, somos nosotros mismos, y este individuo tiene un fin en la vida, que es hacerse un alma, un alma inmortal, un alma que es la propia obra interna y externa. De nada sirve modificar los ritmos externos, le dice en una carta a Machado, de nada sirve modificar los ritmos externos, si el interno, el espiritual, sigue siendo el mismo.

Unamuno reivindica enérgicamente la exigencia de no morir del todo: "No quiero morirme, no, no quiero, ni querré quererlo; quiero vivir siempre..." Este largo grito de afán cruza toda la vida de Unamuno y anima su obra entera. Y recuerda la esperanzada duda de Platón en el Fedón, cuando dice que es hermoso el riesgo de la inmortalidad del alma. Esta certidumbre salvadora y dulce, dice, nace del choque entre la razón que niega y el deseo que afirma.

Esa lucha es contra la nada. Tal es la agonía de Unamuno, hombre en lucha, en lucha consigo mismo, solitario, orador en el desierto, provocador, enemigo de la nada. Y de esta lucha, lanza un valor positivo que multitud de veces resume en la frase de Sénancour: "Si la nada es lo que nos está reservado, vivamos de forma que ello sea una injusticia". En él está la lucha y el optimismo, negándose a disertar sobre el peso del vacío, aunque sabe que es lo más nos pesa. Dice Machado: Todo hombre tiene dos/ batallas que pelear:/ en sueños lucha con dios;/ y despierto, con el mar. Idea indudablemente unamuniana.

4. ULTIMOS AÑOS DE VIDA Y TRABAJOS

Selló su amor con imborrable recuerdo, pero era amargo y decide alejarse de Soria. Toca aire andaluz otra vez: el Instituto de Baeza (Jaen). Tenía 37 años, y le escribe a Unamuno : "Esta Baeza, que llaman Salamanca andaluza... apenas sabe leer un 30% de la población. No hay más que una librería donde se venden tarjetas postales, devocionarios y periódicos clericales y pornográficos. La ciudad poblada de mendigos y señoritos arruinados a la ruleta. se habla de política - todo el mundo es conservador-.... Una población rural, encanallada por la Iglesia y completamente huera. Por lo demás, el hombre del campo trabaja y sufre resignado o emigra en condiciones lamentables" Es un cuadro amargo y realista descrito también en otros poemas como por ejemplo, "El pasado efímero".

Unamuno fue hasta 1914 , donde su rectorado terminó bruscamente por no prestarse a cuestiones políticas, entonces se limitó a su labor de profesor, de escritor y de agitador. La voz del gran don Miguel resuena más que nunca en el alma de Machado, lee sus obras con avidez: "¡Cuantas veces he leído su soberbio libro "Del sentimiento...", y "Niebla", y "El Cristo de Velázquez" lo he comprado 4 veces a fuerza de prestarlo"

Unamuno volvió a la vida activa universitaria en 1921, y fue nombrado vicerector. No por eso sus ataques bajaron de fuerza, Miguel Moya, director de "El Liberal", le advertía, cuando le solicitaban su colaboración: "Tengo que hacerle a usted un ruego. Que me envíe usted artículos en los que no se refiera ni de lejos a SM el Rey.... publicarse un artículo de usted hablando del señorito del whisky y la ruleta, y Santiago matamoros... y recoger el periódico las autoridades es una cosa simultánea y fulminante, de graves implicaciones económicas".

En 1924 es desterrado por la dictadura de Primo de Rivera. Le desterraron debido a una carta personal en contra del gobierno, andaban buscando una excusa. Se le desterró y luego se le privó de su cátedra por estar ausente. Huye de Fuerteventura a París y luego a Hendaya para vivir mirando su tierra vasca desde el lado francés. En 1927 Machado es elegido para ocupar un sillón en la Academia de la Lengua, con su sencillez habitual no dió importancia: "Un honor al que no aspiré nunca, casi me atreveré a decir que aspiré a no tenerlo".

En 1930 Unamuno entra en España después de 6 años de destierro. La dictadura de Primo de Rivera había caído por fin. Su nombre empieza a asociarse con el de la futura República. Se crean nuevas escuelas e institutos. La admiración de Machado por Unamuno si no crece, porque ya no podía crecer más, se mantiene tan viva como siempre: "Es don Miguel. Es el único político que no usa máscara. En esto estriba su enorme fuerza... Unamuno es un hombre orgulloso de serlo, que habla a otros hombres en un lenguaje esencialmente humano. Se dirá que esto no es política. Yo creo que es la más honda... Porque ¿puede haber política fecunda sin amor al pueblo? ¿Y amor al pueblo sin amor al hombre?"

A Unamuno se le nombra Alcalde honorario del ayuntamiento de Salamanca, ocupa de nuevo el cargo de rector, presidente del Consejo de Instrucción pública, más tarde va a Madrid como Diputado por Salamanca. Pero hombre de oposición siempre y todo antes que profesional de la política, pronto empieza a sentirse a disgusto. En abril de 1933 declara que el regímen no le satisface, dimite del consejo. Su muerte aconteció con la guerra civil el último día de 1936.

El último encuentro entre Unamuno y Machado fue con motivo del nombramiento de Unamuno como Doctor honoris causa por la Universidad de Oxford. Fue en 1936, en Madrid, en las tertulias de los Machado. Cuentan que Unamuno entró diciendo: "Yo vengo a saludar al hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de cuantos conozco : don Antonio Machado". Se le hace sitio en el diván entre Manuel y Antonio, cuenta el suceso de Oxford, hablan de los temas que le preocupan y que pueden reducirse a uno solo: España.

Poco después la voz de Antonio se apagaba también, al otro lado de los Pirineos. Cruzó la frontera en los últimos días de enero de 1939, los últimos días de la República, Barcelona había caído. Era un día lluvioso, Antonio estaba enfermo, decía que parecía que los órganos de su cuerpo se habían puesto de acuerdo para dejar de funcionar. Cruzaron la frontera a pie bajo la lluvia helada la noche del 28. Llegó a Couliure y apenas vivió tres semanas, sus últimos versos los encontraron en su bolsillo: "Estos días azules y este sol de la infancia". Se fue, ligero de equipaje, como quería, casi desnudo, en ese barco que nunca ha de tornar.

5. EPÍLOGO

Según Bergson, todo filósofo auténtico, todo ser humano, no dice a lo largo de su vida sino una sola cosa, y aun en rigor, solo se esfuerza por decirla sin lograrlo totalmente. Unamuno contesta : "Estoy convencido de que no hay más que un solo afán, uno solo y el mismo para los hombres todos.... es la cuestión de saber que habrá de ser mi conciencia, de la tuya, de la del otro..." "Procuro ejercer la decimoquinta obra de misericordia, esto es: despertar al dormido".

Y así decimos con Unamuno y Machado que la filosofía no es una tienda de soluciones y dogmas, sino una herramienta para despertar la conciencia, despertar al dormido. El empeño de Machado y Unamuno, es que los que les leamos, pensemos y meditemos en las cosas fundamentales. Se trata de despertar a la libertad personal, tratar de no ser arrastrados por los tiempos rápidos, las modas, y saber quien queremos ser, que es lo que queremos vivir, y vivirlo hasta que llegue el día del último viaje.

Unamuno y Machado fueron hombres comprometidos con el mundo, pobres y sin embargo insobornables y constructores, edificadores de las conciencias que desde su rincón, con su sola existencia, con su valor, tendieron puentes para que nosotros pasáramos, y por ellos seremos capaces de ser nosotros mismos puentes en la historia para los que han de venir, para despertar al dormido, decía Machado:

Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar

SARA ORTIZ ROUS

sábado 14 de enero de 2012

La piedra filosofal

Con motivo del 200 aniversario de Hans Christian Andersen nos hemos propuesto rendirle un pequeño homenaje, para ello queremos ofrecer a nuestros navegantes uno de sus cuentos cada mes durante todo el año 2005. Estamos seguros de que será bien acogida esta iniciativa.

Hans Christian Andersen

Breve biografía

Hans Christian Andersen es el más célebre de los escritores y poetas románticos daneses, nació en 1805 en la ciudad de Odense. Fue un hombre de origen humilde y formación prácticamente autodidacta, en él influyeron notablemente escritores como Goethe, Schiller y E.T.A. Hoffmann.

Sus escritos están en la línea de autores como Charles Perrault y los hermanos Grimm. Hans Christian Andersen creaba personajes que encarnaban los valores, los vicios y las virtudes, no importándole imaginar tanto situaciones fantásticas como reales incluso autobiográficas, ejemplo de esto es el El patito feo, siempre describiendo la eterna lucha entre el bien y el mal donde el amor triunfa sobre el odio, sus personajes, siempre muy vulnerables, se someten al destino cruel en la fe de que algo sucederá y la virtud será debidamente recompensada.

La sencillez y fuerza con que Andersen logra escribir sus obras hace que se popularicen rápidamente, consagrándole como uno de los grandes escritores de la literatura de todos los tiempos, un clásico que atraviesa con éxito el desgaste del tiempo.

Cuento del mes de enero de 2005:


LA PIEDRA FILOSOFAL

Sin duda conoces la historia de Holger Danske. No te la voy a contar, y sólo te preguntaré si recuerdas que "Holger Danske conquistó la vasta tierra de la India Oriental, hasta el término del mundo, hasta aquel árbol que llaman árbol del Sol", según narra Christen Pedersen. ¿Sabes quién es Christen Pedersen? No importa que no lo conozcas. Allí, Holger Danske confirió al Preste Juan poder y soberanía sobre la tierra de la India. ¿Conoces al Preste Juan? Bueno eso tampoco tiene importancia, pues no ha de salir en nuestra historia. En ella te hablamos del árbol del Sol "de la tierra de Indias Orientales, en el extremo del mundo", según creían entonces los que no habían estudiado Geografía como nosotros. Pero tampoco esto importa.

El árbol del Sol era un árbol magnífico, como nosotros nunca hemos visto ni lo verás tú. Su copa abarcaba un radio de varias millas; en realidad era todo un bosque, y cada rama, aún la más pequeña, era como un árbol entero. Había palmeras, hayas, pinos, en fin, todas las especies de árboles que crecen en el vasto mundo, brotaban allí cual ramitas de las ramas grandes, y éstas, con sus curvaturas y nudos, parecían a su vez valles y montañas, y estaban revestidas de un verdor aterciopelado y cuajado de flores. Cada rama era como un gran prado florido o un hermosísimo jardín.

El sol enviaba sus rayos bienhechores; por algo era el árbol del Sol, y en él se reunían las aves de todos los confines del mundo: las procedentes de las selvas vírgenes americanas, las que venían de las rosaledas de Damasco y de los desiertos y sabanas del África, donde el elefante y el león creen reinar como únicos soberanos. Venían las aves polares y también la cigüeña y la golondrina, naturalmente. Pero no sólo acudían las aves: el ciervo, la ardilla, el antílope y otros mil animales veloces y hermosos se sentían allí en su casa. La copa del árbol era un gran jardín perfumado, y en ella, el centro de donde las ramas mayores irradiaban cual verdes colinas, levantábase un palacio de cristal, desde cuyas ventanas se veían todos los países del mundo. Cada torre se erguía como un lirio, y se subía a su cima por el interior del tallo, en el que había una escalera. Como se puede comprender fácilmente, las hojas venían a ser como unos balcones a los que uno podía asomarse, y en lo más alto de la flor había una gran sala circular, brillante y maravillosa, cuyo techo era el cielo azul, con el sol y las estrellas. No menos soberbios, aunque de otra forma, eran los vastos salones del piso inferior del palacio, en cuyas paredes se reflejaba el mundo entero. En ellas podía verse todo lo que sucedía, y no hacía falta leer los periódicos, los cuales, por otra parte, no existían. Todos los sucesos desfilaban en imágenes vivientes sobre la pared; claro que no era posible atender a todas, pues cada cosa tiene sus límites, valederos incluso para el más sabio de los hombres, y el hecho es que allí moraba el más sabio de todos. Su nombre es tan difícil de pronunciar, que no sabrías hacerlo aunque te empeñaras, de manera que vamos a dejarlo. Sabía todo lo que un hombre puede saber y todo lo que se sabrá en esta Tierra nuestra, con todos los inventos realizados y los que aún quedan por realizar; pero no más, pues, como ya dijimos, todo tiene sus límites. El sabio rey Salomón, con ser tan sabio, no le llegaba en ciencia ni a la mitad.

Ejercía su dominio sobre las fuerzas de la Naturaleza y sobre poderosos espíritus. La misma Muerte tenía que presentársele cada mañana con la lista de los destinados a morir en el transcurso del día; pero el propio rey Salomón tuvo un día que fallecer, y éste era el pensamiento que, a menudo y con extraña intensidad, ocupaba al sabio, al poderoso señor del palacio del árbol del Sol. También él, tan superior a todos los demás humanos en sabiduría, estaba condenado a morir. No lo ignoraba; y sus hijos morirían asimismo; como las hojas del bosque, caerían y se convertirían en polvo. Como desaparecen las hojas de los árboles y su lugar es ocupado por otras, así veía desvanecerse el género humano, y las hojas caídas jamás renacen; se transforman en polvo, o en otras partes del vegetal. ¿Qué es de los hombres cuando viene el Ángel de la Muerte? ¿Qué significa en realidad morir? El cuerpo se disuelve, y el alma... sí, ¿qué es el alma? ¿Qué será de ella? ¿Adónde va? "A la vida eterna", respondía, consoladora, la Religión. Pero, ¿cómo se hace el tránsito? ¿Dónde se vive y cómo? "Allá en el cielo - contestaban las gentes piadosas -, allí es donde vamos". "¡Allá arriba! - repetía el sabio, levantando los ojos al sol y las estrellas -, ¡allá arriba!" - y veía, dada la forma esférica de la Tierra, que el arriba y el abajo eran una sola y misma cosa, según el lugar en que uno se halle en la flotante bola terrestre. Si subía hasta el punto culminante del Planeta, el aire, que acá abajo vemos claro y transparente, el "cielo luminoso" se convertía en un espacio oscuro, negro como el carbón y tupido como un paño, y el sol aparecía sin rayos ardientes, mientras nuestra Tierra estaba como envuelta en una niebla de color anaranjado. ¡Qué limitado era el ojo del cuerpo! ¡Qué poco alcanzaba el del alma! ¡Qué pobre era nuestra ciencia! El propio sabio sabía bien poco de lo que tanto nos importaría saber.

En la cámara secreta del palacio se guardaba el más precioso tesoro de la tierra: "El libro de la Verdad". Lo leía hoja tras hoja. Era un libro que todo hombre puede leer, aunque sólo a fragmentos. Ante algunos ojos las letras bailan y no dejan descifrar las palabras. En algunas páginas la escritura se vuelve a veces tan pálida y borrosa, que parecen hojas en blanco. Cuanto más sabio se es, tanto mejor se puede leer, y el más sabio es el que más lee.

Nuestro sabio podía además concentrar la luz de las estrellas, la del sol, la de las fuerzas ocultas y la del espíritu. Con todo este brillo se le hacía aún más visible la escritura de las hojas. Mas en el capítulo titulado "La vida después de la muerte" no se distinguía ni la menor manchita. Aquello lo acongojaba. ¿No conseguiría encontrar acá en la Tierra una luz que le hiciese visible lo que decía "El libro de la Verdad"?
Como el sabio rey Salomón, comprendía el lenguaje de los animales, oía su canto y su discurso, mas no por ello adelantaba en sus conocimientos.

Descubrió en las plantas y los metales fuerzas capaces de alejar las enfermedades y la muerte, pero ninguna capaz de destruirla. En todo lo que había sido creado y él podía alcanzar, buscaba la luz capaz de iluminar la certidumbre de una vida eterna, pero no la encontraba. Tenía abierto ante sus ojos "El libro de la Verdad", mas las páginas estaban en blanco. El Cristianismo le ofrecía en la Biblia la consoladora promesa de una vida eterna, pero él se empeñaba vanamente en leer en su propio libro.

Tenía cinco hijos, instruidos como sólo puede instruirlos el padre más sabio, y una hija hermosa, dulce e inteligente, pero ciega. Esta desgracia apenas la sentía ella, pues su padre y sus hermanos le hacían de ojos, y su sentimiento íntimo le daba la seguridad suficiente.
Nunca los hijos se habían alejado más allá de donde se extendían las ramas de los árboles, y menos aún la hija; todos se sentían felices en la casa de su niñez, en el país de su infancia, en el espléndido y fragante árbol del Sol.

Como todos los niños, gustaban de oír cuentos, y su padre les contaba muchas cosas que otros niños no habrían comprendido; pero aquéllos eran tan inteligentes como entre nosotros suelen ser la mayoría de los viejos.

Explicábales los cuadros vivientes que veían en las paredes del palacio, las acciones de los hombres y los acontecimientos en todos los países de la Tierra, y con frecuencia los hijos sentían deseos de encontrarse en el lugar de los sucesos y de participar en las grandes hazañas. Mas el padre les decía entonces lo difícil y amarga que es la vida en la Tierra, y que las cosas no discurrían en ella como las veían desde su maravilloso mundo infantil.

Hablábales de la Belleza, la Verdad y la Bondad, diciendo que estas tres cosas unidas sostenían al mundo y que, bajo la presión que sufrían, se transformaban en una piedra preciosa más límpida que el diamante. Su brillo tenía valor ante Dios, lo iluminaba todo, y esto era en realidad la llamada piedra filosofal.

Decíales que, del mismo modo que partiendo de lo creado se deducía la existencia de Dios, así también partiendo de los mismos hombres se llegaba a la certidumbre de que aquella piedra sería encontrada. Más no podía decirles, y esto era cuanto sabía acerca de ella. Para otros niños, aquella explicación hubiera sido incomprensible, pero los suyos sí la entendieron, y andando el tiempo es de creer que también la entenderán los demás.

No se cansaban de preguntar a su padre acerca de la Belleza, la Bondad y la Verdad, y él les explicaba mil cosas, y les dijo también que cuando Dios creó al hombre con limo de la tierra, estampó en él cinco besos de fuego salidos del corazón, férvidos besos divinos, y ellos son lo que llamamos los cinco sentidos: por medio de ellos vemos, sentimos y comprendemos la Belleza, la Bondad y la Verdad; por ellos apreciamos y valoramos las cosas, ellos son para nosotros una protección y un estímulo. En ellos tenemos cinco posibilidades de percepción, interiores y exteriores, raíz y cima, cuerpo y alma.
Los niños pensaron mucho en todo aquello; día y noche ocupaba sus pensamientos. El hermano mayor tuvo un sueño maravilloso y extraño, que luego tuvo también el segundo, y después el tercero y el cuarto. Todos soñaron lo mismo: que se marchaban a correr mundo y encontraban la piedra filosofal. Como una llama refulgente, brillaba en sus frentes cuando, a la claridad del alba, regresaban, montados en sus velocísimos corceles, al palacio paterno, a través de los prados verdes y aterciopelados del jardín de su patria. Y la piedra preciosa irradiaba una luz celestial y un resplandor tan vivo sobre las hojas del libro, que se hacía visible lo que en ellas estaba escrito acerca de la vida de ultratumba. La hermana no soñó en irse al mundo, ni le pasó la idea por la mente; para ella, el mundo era la casa de su padre.

- Me marcho a correr mundo - dijo el mayor -. Tengo que probar sus azares y su modo de vida, y alternar con los hombres. Sólo quiero lo bueno y lo verdadero; con ellos encontraré lo bello. A mi regreso cambiarán muchas cosas.

Sus pensamientos eran audaces y grandiosos, como suelen serlo los nuestros cuando estamos en casa, junto a la estufa, antes de salir al mundo y experimentar los rigores del viento y la intemperie y las punzadas de los abrojos.

En él, como en sus hermanos, los cinco sentidos estaban muy desarrollados, tanto interior como exteriormente, pero cada uno tenía un sentido que superaba en perfección a los restantes. En el mayor era el de la vista, y buen servicio le prestaría. Tenía ojos para todas las épocas, - decía - ojos para todos los pueblos, ojos capaces de ver incluso en el interior de la tierra, donde yacen los tesoros, y en el interior del corazón humano, como si éste estuviera sólo recubierto por una lámina de cristal; es decir, que en una mejilla que se sonroja o palidece, o en un ojo que llora o ríe, veía mucho más de lo que vemos nosotros. El ciervo y el antílope lo acompañaron hasta la frontera occidental, y allí se les juntaron los cisnes salvajes, que volaban hacia el Noroeste. Él los siguió, y pronto se encontró en el vasto mundo, lejos de la tierra de su padre, la cual se extiende "por Oriente hasta el confín del mundo"...

miércoles 7 de diciembre de 2011

El universo de Hermann Hesse


No puedo adjudicarme el título de sabio. He sido un hombre que busca, y aún lo sigo siendo; pero ya no busco en las estrellas y en los libros, sino que comienzo a escuchar las enseñanzas que me comunica mi sangre. Mi historia no es agradable, no es dulce y armoniosa como las historias inventadas. Tiene un sabor a disparate y a confusión, a locura y a sueño, como la vida de todos los hombres que ya no quieren seguir engañándose a sí mismos.

(H. Hesse)

El universo de Hermann Hesse

Resulta difícil hablar de él porque, para muchos de nosotros, es un personaje completamente actual, que adquiere cada vez una mayor vigencia. Creo no exagerar en absoluto si digo que su fama literaria se ha extendido y ha crecido de manera extraordinaria en nuestros días, ha traspasado fronteras y demarcaciones, barreras y diques que la vida tiende, y como una ancestral fuerza de la Naturaleza, como el fuego, el aire o el agua, ha extendido su mágico imperio a todos los rincones del globo. En efecto, día a día, muchos jóvenes, entre los que me cuento con orgullo, han devorado sus páginas ávidos de néctar, de inteligencia prohibida, de espíritu nuevo, de vanguardia y entusiasmo, de desafío clasicista ante un mundo ridículo y gris que desprecia a los hombres y mujeres selectos y condena lo que no comprende, solo porque le resulta extraño.

Acaso se me acuse de exagerado si afirmo que Hermann Hesse es el más grande autor literario del siglo XX. Sí, ya sé, hay otros; están Rabindranath Tagore y Khalil Gibrán, abanderados de la milenaria lírica hindú, y Rubén Darío y Amado Nervo, y Stephan Zweig y Yukio Mishima, y Anatole France y Mario Roso de Luna, que es, en sus ricos juegos floridos, tan grande y tan entrañable como en sus más oscuras prédicas históricas. Y Ricardo Wagner, que ha sido apreciado como músico, pero jamás como el autor dramático de helénica grandeza que ha configurado sus tragedias literarias.

Hesse es el más loco de todos. No admite réplica o parangón. Es, a un tiempo, divino y demoníaco, ángel de la música y lobo de las estepas, el encantador Rafael y el orgulloso Lucifer.

No pretendo iniciar una biografía en el sentido estricto. Estas figuras tienen su más alto valor en el hecho de haber cabalgado toda su vida a horcajadas entre lo mágico y lo cotidiano. Por eso intentaré trazar las líneas borrosas, difuminadas, de una biografía abierta, intercalando elementos estrictamente históricos con fragmentos de sus obras, fantasías de rico colorido surgidas de su propia pluma. Es al lector a quien corresponde discernir qué pertenece al terreno estrictamente imaginario, que es vida esencia, hecha literatura, de la propia historia de un hijo de las musas llamado Hermann Hesse.

Nace en la pequeña ciudad de Kalw, en la Selva Negra, el 2 de julio de 1877. “Nací hacia finales de la época moderna, poco antes de iniciarse el retorno a la Edad Media, bajo el signo de Sagitario y la benévola influencia de Júpiter”, afirma Hesse en el Compendio Biográfico.

En el diván de la infancia, bajo un hermoso cofre custodiado por siete llaves maestras, el niño desempolvó los ropajes de antiguos dioses, hadas y guerreros. En todo este proceso tuvo importante papel su abuelo, Kart Hermann Hesse, médico de distrito y consejero estatal. Se le describe como un hombre de una vivacidad extraordinaria. Vivió muchos años, noventa y cuatro, y se cuenta, como señal de su espíritu juvenil y de su fuerza, que gustaba de patinar sobre hielo y de encaramarse a los árboles a coger frutas, prácticamente hasta sus últimos días. Hesse jamás llegó a conocerle personalmente y, sin embargo, aunque parezca imposible, este personaje, que sólo llegó a oídos del niño a través de las historias de su madre, creció en magnitud e intensidad y llegó a hacerse más importante que los propios padres.

“En la gran biblioteca de mi abuelo había un libro desmesuradamente grande y pesado; lo consultaba y leía a menudo. Aquel libro inagotable contenía antiguos grabados fantásticos (…) Había un relato, infinitamente bello e incomprensible, que solí leer a menudo. Tampoco lograba encontrarlo siempre, el momento debía ser favorable; a veces había desaparecido por completo y permanecía oculto, otras parecía haber cambiado de sitio, en ciertas ocasiones la lectura resultaba extraordinariamente agradable y casi comprensible, en otras totalmente oscura y hermética como la puerta de la buhardilla, tras la cual a veces podía oírse la risa o los gemidos de los fantasmas en la oscuridad. Todo estaba lleno de realismo y también de magia; ambas cosas medraban íntimamente unidas, las dos me pertenecían”.

Como explica el primer biógrafo y amigo de Hesse, Hugo Ball, en aquel hogar de Kalw se cruzaban los más diversos caminos de carácter nacional: el hanseático, el báltico, el estoniano, el ruso, el suavo y el suizo. El Dr. Gundert, el otro abuelo de Hesse, era un entusiasta lector de literatura, y todo ello contribuía a prefigurar ese exotismo desbordante del diván de nuestro aprendiz de mago: “Y en la vitrina (…) había guardados, colgados y tirados, muchos otros entes y utensilios, cadenas de cuentas de madera semejantes a rosarios, rollos de hojas de palma grabadas con antiguos grafismos indios, tortugas talladas en piedra verde, estatuillas de dioses de madera, cristal, cuarzo, arcilla, colchas de seda y de lino bordadas, vasos y fuentes de latón, y todo ello procedía de la India y de Ceilán, la isla paradisíaca de los helechos y las costas orladas de palmeras y los suaves cingaleses de ojos de ciervo, procedía de Siam y de Birmania, y olía a mar, a selva y lejanía, a canela y sándalo, había pasado por manos morenas y amarillas, lo habían humedecido las lluvias tropicales y el agua del Ganges, lo había quemado el sol ecuatorial y había recibido la sombra de la selva. Y todas esas cosas pertenecían al abuelo, y él, el viejo, respetable, fuerte, con su ancha barba blanca, omnisapiente, más poderoso que el padre y la madre, él poseía muchas otras cosas y poderes (…) Comprendía todas las lenguas que hablan los hombres, más de treinta, tal vez incluso las de los dioses, posiblemente también el lenguaje de las estrellas”.

Con Hesse, nunca sabemos en realidad de qué habla el autor. Ninguno de sus relatos presenta una lectura única. Este, por ejemplo, podría muy bien hablarnos de los orígenes de la Humanidad, de la Historia primitiva y nebulosa. Dicen las tradiciones ocultistas que en un remoto pasado los dioses y los hombres convivieron juntos, y compartieron una misma tierra y un mismo cielo. Es, pues, probable que Hesse se refiera más a la infancia de la Humanidad que a la suya propia. El “abuelo” es la personificación de los antiguos héroes legendarios, a caballo entre la leyenda y el verismo.

Así es toda su obra. Manifiesta unas cosas y simboliza otras. Para Hesse, el mundo es como un bosque en que los objetos materiales tienen una existencia –no absoluta– y una certeza de ser. Pero las sombras invisibles, las intuiciones del alma y los destellos fugaces son interpretados como enigmáticos designios del más allá, y son igualmente reales, incluso más que el mundo concreto con sus imágenes coherentes y sus reglas fijas.

El hogar de los Hesse era un pequeño mundo de clase media ilustrada, dominado por la bondadosa sabiduría del abuelo y la fantasía y el amor de la madre. Una foto del escritor a los cuatro años nos presenta unos rasgos definidos de voluntad e inteligencia en el rostro del pequeño. Una anécdota narrada por su madre en el diario nos dibuja impecablemente al diablillo de la Selva Negra: “La otra noche estaba en la cama cantando largamente una melodía propia con un poema de su invención, y le dijo a su papá: “Mira, canto tan bien como las sirenas y soy tan malo como ellas”. Es la herencia rebelde y crónica de un autor maldito por excelencia, amiguito de los faunos, los centauros, las sílfides y las hermosas tradiciones paganas condenadas por la Iglesia.

Sea como fuere, Hesse siempre conservó a flor de piel los hermosos recuerdos de sus primeros años. “Entonces se elevaban los árboles a las alturas con tanta alegría y arrogancia, crecían en el jardín los narcisos y los jacintos en tan esplendorosa belleza; y los hombres, que todavía conocíamos poco, nos trataban con ternura y bondad, porque sentían aún en nuestra frente lisa el hálito de lo divino, del que no sabíamos nada y que en el ímpetu del crecimiento se nos perdió sin querer y sin saberlo. ¡Qué muchacho tan tremendo e indómito fui, cuántas preocupaciones causé de pequeño a mi padre y cuántos suspiros y angustias a mi madre!... y, no obstante, también mi frente reflejaba el esplendor de Dios, y cuanto miraba era hermoso y vivo, y en mis pensamientos y sueños, aunque no fueran de carácter piadoso, entraban y salían hermanados los ángeles, los milagreros y los cuentos de hadas”.

Su airado comportamiento en casa, pero también su excelente capacidad para el estudio, da lugar a que sus padres decidan mandarlo a estudiar un año al colegio latino de Goppingen, para posteriormente ingresarlo en la escuela monacal de Maulbroon –Mariabroon en Narciso y Goldmundo–, donde estudiaría teología. El desenlace es dramático. El poeta se fue del rígido convento que, en el nombre de Dios, se dedicaba a clavar dogmas punzantes en el alma de los jóvenes. Después de una intensa búsqueda de la policía por bosques, ríos y lugares adyacentes, logran encontrarlo aterido de frío y a las puertas de la muerte. Esta triste experiencia escolástica quedaría después plasmada en muchas de sus obras, fundamentalmente dos: Bajo las ruedas y Berthold. Esta última es una de las grandes obras olvidadas de Hesse; en ella narra la experiencia de un novicio que queda deslumbrado ante el desfile de un ejército imaginario, que desvía su carrera eclesiástica para siempre: “Aquel tumulto, que Berthold contempló con deleite, miedo y ardiente curiosidad, rasgó con repentina brusquedad el satisfecho círculo estrecho de su pequeño mundo infantil y abrió por primera vez el mundo a sus miradas. Había oído hablar de países lejanos, de reyes y príncipes, soldados, guerras y batallas, y se había hecho imaginaciones audaces y multicolores (…) Allí había esplendor, gallardía, salvaje orgullo, colores vivos, penachos de plumas, el encanto de la guerra y del heroísmo (…) Aspiró con afán el fuerte aroma de lo nuevo, indómito, extraño en su alma indefensa de muchacho.

Las imágenes guerreras son una metáfora de las huestes de Maya, el mundo de vivas impresiones y colores que rapta el alma del muchacho y le devuelve a las aguas de la vida, lejos de una isla monacal donde se exigía demasiado y no se ofrecían a cambio los verdaderos frutos de la sabiduría que deseaba el poeta.

“Aún no era de noche cuando abandonó con paso sosegado la ciudad, vestido con su hábito negro, debajo del cual llevaba, sin embargo, los vestidos de lino de un campesino y dos ducados. Rhin arriba soplaba un recio viento vespertino, y cuando en Colonia empezaron a sonar las campanas y Berthold volvió por un instante la mirada atrás, entrevió las altas torres de la ciudad grises y como fantasmas en la bruma del anochecer. El hábito negro, arrollado alrededor de un buen guijarro, yacía ya en el río. Su camino conducía hacia Westfalia, donde esperaba encontrar reclutadores para desaparecer a la sombra de las banderas y en el estruendo que la guerra”.

Allí quedaron, enterrados bajo el imaginario río, los amables fantasmas cristianos de Hesse. Pero la historia no acaba aquí. Sus padres le llevaron a un famoso teólogo para que le exorcizara, en un desesperado intento, por parte de sus educadores, de extirpar los terribles demonios de su ánima. ¡Alabado sea el Señor! El resultado de todo ello fue un intento de suicidio por parte de Hesse, que, afortunadamente, no llegó a culminarse.

El paso siguiente fue su reclusión en una residencia para niños impedidos, donde Hesse debía trabajar como cuidador de los enfermos. Pero también esta oportunidad fue malograda y hubo de ser transferido a Bad Cannstadt, donde terminó sus estudios de bachiller.

Nuestro autor inicia un proceloso recorrido por los oficios más dispares, como librero, jardinero o relojero. En todos ellos duró muy poco. El único digno de destacar por la animación que Hesse le dedicó fue el trabajo en la librería, que le exigía una jornada laboral de doce horas diarias. Más tarde diría, en El Novalis: “Me oriento más fácilmente en el abigarrado mundo de los libros que en el embrollo de la vida, y he sido más feliz y más sensato hallando y reteniendo hermosos libros antiguos que en mis intentos de enlazar amigablemente los destinos de otros seres con el mío”.

Hesse estuvo casado tres veces; la primera de sus mujeres, Mía Bernoulli, hubo de ser internada en un sanatorio psiquiátrico, y poco después él mismo caía en tal depresión nerviosa que hubo de acudir a un psiquiatra, el Dr. Joseph Bernard Lang, discípulo de Jung.

Casa con Ruth Wenger en 1924; tres años después se divorcian a petición de ella. Finalmente, en 1931 se casa con la historiadora del arte Ninon Dolbin. Este matrimonio duró hasta la muerte de Hesse; Ninon sería una compañera fiel y eficaz, íntimamente ligada a la persona y obra de su marido.

Sería un trabajo ímprobo mencionar todas las obras que Hesse produjo a lo largo de su vida, muchas de ellas creaciones extraordinarias que no se parecen a ninguna obra escrita anteriormente, tienen su propio mundo con su propia atmósfera y su propio ecosistema vital. Ello no implica que Hesse esté cerrado al mundo; al contrario, se trata de abarcar todos los mundos, posibles o no, aceptarlos dentro de sí y cobijarlos en su vieja alma de lobo. Citaremos brevemente algunas obras:

En 1899 aparece su primer libro de poemas, Canciones románticas, al que sigue Una hora después de la medianoche, una bellísima colección de nueve prosas de diferente extensión. En 1901 aparece Hermann Lauscher, y en 1904, Peter Camenzind, que es el relato del romanticismo, el amor a la Naturaleza y al paisaje. En 1906 aparece Bajo la rueda, en 1910 Gertrudis, en 1914 Rosshalde, un año después Knulp. El triunfo apoteósico llega en 1919, con Demian. Demian era la obra de una generación, la confesión de un siglo que había perdido el rumbo y extendía sus alas de nuevo hacia la esperanza, entre convulsiones profundas y anuncios de Apocalipsis. A partir de esta obra, se suceden los triunfos literarios más o menos rotundos, y el universo de Hermann Hesse recorre las bibliotecas de Europa, bruñido de personajes fantásticos, apocalípticos o entrañables. Es un ejército de libros para el recuerdo: El último verano de Klingsor, Siddartha, El viaje a Nüremberg, El lobo estepario, Narciso y Goldmundo, Viaje al Oriente, Libro de fábulas, Horas en el jardín, Páginas de recuerdo, El juego de los abalorios, Prosas tardías…

Además, Hesse colaboró con artículos y recensiones en multitud de periódicos y revistas, fue cofundador de la revista März y fundador de Vivos voco. Ganador del Premio Fontane de Literatura 1919, elegido miembro de la sección de creación de la Academia Prusiana de las artes, Premio Goethe 1946, Premio Nobel 1946, doctor honoris causa de la ciudad de Berna en 1947, Premio Wilhelm Raabe en 1950, supervisó una publicación de su obra completa en 1952 con motivo de su 75 aniversario, Premio de la Paz de los libreros alemanes 1955 y Fundación del Premio Hermann Hesse, 1956. Todo un historial de triunfos académicos que jamás lograron satisfacerle. Algunos de estos premios se le concedieron después de la II Guerra Mundial, y Hesse sabía, en el fondo, que tenían poco que ver con su obra, que comportaban una especie de tributo diplomático al escritor alemán que se mostró hostil a los nazis y batalló dialécticamente contra muchos de ellos, no obstante haber sido amigos y compañeros de colegio durante la infancia. Pero los vencedores parecían no conocerle profundamente, parecían no saber que Hesse había dicho:

“Un hombre capaz de comprender a Buda, un hombre que tiene noción de los genios y abismos de la naturaleza humana, no debería vivir en un mundo en el que dominan el common sense, la democracia y la educación burguesa”.

“(Hoy) surgen ideales como el del americano o el del bolchevique, que los dos son extraordinariamente “razonables” y que, sin embargo, violentan y despojan a la vida de un modo tan terrible, porque la simplifican de un modo tan pueril. La imagen del hombre, en otro tiempo un alto ideal, está a punto de convertirse en un cliché. Nosotros, los locos, acaso la ennoblezcamos otra vez”.

Nuestro amante de las estrellas no estaba más cerca de nuestro bando. Su siglo le había dejado solo.

Hay un último detalle que quiero mencionar. Nosotros admiramos la obra de Hesse, pero él no la amaba en absoluto. Escribió decenas de obras literarias que para nosotros son un tesoro, pero para él eran pobres, no le satisfacían lo más mínimo, consideraba a sus obras las migajas del festín del pasado clásico, la reminiscencia ridícula y mísera de los grandes astros órficos.

“Una noche, cuando tenía 17 años, estaba leyendo el Zarathustra en mi querida buhardilla de estudiante y llegué a las páginas que contienen el canto de la noche. Jamás, en los casi sesenta años que han pasado, he olvidado esa hora, pues en ese momento adquirió sentido mi vida, en ese momento, como la luz del relámpago, me impresionó la maravilla del lenguaje, la inexpresable magia de la palabra; deslumbrado, contemplé un ojo inmortal, palpé una presencia divina y me entregué a ella, la acepté como destino, amor, fortuna y fatalidad. Después leí a otros poetas, encontré palabras más nobles, descubrí a Novalis, dulce como un sueño, suave como un sueño, cuyas palabras mágicas saben todas a vino y a sangre, y al fogoso joven Goethe, y a Goethe, el viejo, con su sonrisa misteriosa. Había personas que veían en mí un poeta, cuyos corazones servían de arpa a mis melodías. Pero basta ya de esto, basta. Llegó esa época en que toda nuestra generación se apartó de la poesía, en que todos advertimos como un escalofrío otoñal: ya se han cerrado las puertas del templo, ya es de noche, y cae la oscuridad sobre los bosques sagrados de la poesía, ningún contemporáneo puede encontrar el hilo mágico que permite adentrarse en lo divino. Todo calló, los poetas nos perdimos en silencio en la tierra decepcionada a la que se le había muerto el gran Pan”.

José Valentín

jueves 27 de octubre de 2011

Rubén Darío: Amante de las mujeres y la belleza


Richard Clarke

Rubén Darío galanteaba a las mujeres con la luminosidad de sus versos. Su alma gemela nunca apareció en su vida, o si apareció, murió, como murió su esposa, la poetisa Rafaela Contreras (Stella en sus versos).

«has visto acaso el vuelo del alma de mi Stella,
la hermana de Ligeia, por quien mi canto es a veces tan triste».

Rubén Darío: Amante de las Mujeres y la Belleza

Pero él buscaba incansablemente el arquetipo del amor en la tierra, y al no encontrarlo, tomó de María, la prometida de un general cubano, su sonrisa, como «el resplandor de una estrella que fuese alma de una esfinge», y de Julia «sus negros ojos que compartían la misma luz de Cleopatra».

Los pasos de Rubén –hombre sensual, viajero y aventurero– cruzaron por muchos países, y tomaba de cada uno una fruta celeste en forma de belleza femenina, para inflamar sus versos de sensualidad y melodía. Pero Rubén, una vez conocida la España de sus sueños, y esa mujer de sangre y sol –entre ninfa y sirena– dejó de vagar para centrar su poesía en la mujer definitiva:

«hermosa, carne ideal, grandes pupilas, algo de mármol, blanca luz de estrella, nerviosa, sensitiva … bellos gestos de diosa, tersos brazos de ninfa, lustrosa cabellera y ojeras que denuncian ansias profundas y pasiones vivas».

Quizás si Rubén hubiese encontrado esa mujer con nombre terrestre hubiese dejado de plasmar su imaginación divina:

«en las llameantes alegrías, penas arcanas, desde en los suaves labios de las princesas hasta en las bocas rojas de las gitanas».

En la época de Prosas Profanas casi todos sus poemas tienen una referencia al amor encarnado en una mujer siempre joven y bella. Rubén idealizaba a la mujer, viéndola como princesa, o como primavera con ansias profundas, o incluso como el alma de una estrella. En cierto modo Rubén rescató los antiguos valores de los trovadores, para quienes la mujer era una diosa virgen y madre de la Creación. Él no concebía más que perfecciones en la mujer y poseía el arte mágico y oculto de concentrarse en la pequeña luz de una vela en una habitación oscura, y hacerla cada vez más grande hasta iluminar la alcoba entera como si se tratase de la luz solar.

Él mismo bebía su inspiración de los pechos del universo, para crear una poesía llena de curvas deliciosas e imágenes bellas y profundas. Rubén no participaba en absoluto de la decadencia de la poesía moderna que encontraba sus imágenes en la fealdad de la calle urbana. Al contrario, miraba hacia el cielo que le respondía con un granizo sagrado de imágenes que encerraban mensajes de «tierna beatitud» y «candor inefable», que elevaban el espíritu humano hasta las cumbres nevadas donde habitan los dioses.
Leer la poesía de Rubén Darío es como bañarse en una mar dulce y salada, para salir limpio de cuerpo y de alma:

«La madre mostraba al niño la paloma, y el niño, en su afán de cogerla, abría los ojos, estiraba los bracitos, reía gozoso; y su rostro al sol tenía como un nimbo; y la madre, con la tierna beatitud de sus miradas, con su esbeltez solemne y gentil, con la aurora en las pupilas y la bendición y el beso en los labios, era como una azucena sagrada, como una María llena de gracia, irradiando la luz de un candor inefable. El niño Jesús, real como un Dios infante, precioso como un querubín paradisíaco, quería asir aquella paloma blanca, bajo la cúpula inmensa del cielo azul».

La contemplación de la belleza física es solamente el umbral de la verdadera belleza que se encuentra, como todo, más allá de lo que se puede tocar y besar. Los consejos prácticos del gran filósofo clásico Epicteto –esclavo del secretario del Emperador Nerón– a los hombres, y en particular a los maridos, tratan de pasar el umbral de la belleza física y entrar en el vestíbulo de la belleza espiritual:

«Mientras las mujeres son jóvenes, sus maridos no cesan de elogiar su belleza y de llamarlas queridas y hermosas. De modo que, viendo ellas que sus maridos no las consideran más que por su belleza corporal y por el placer que les procuran, no piensan sino en componerse y engalanarse y todas sus esperanzas parecen cifrarse en sus atavíos. Nada es, por consiguiente, más útil y necesario que esforzarse en demostrarles que se las honrará y respetará en tanto sean prudentes, pudorosas y modestas».

Los valores del espíritu –que nada puede arrebatar, ni la muerte, que es, según Rubén, «esa muchacha joven y bella que nos corona de flores»– son la belleza interior de la prudencia, pudor y modestia. Lo que le raptaba el corazón a Rubén eran esas «muchachas olorosas de rostros sensuales», pero él buscaba algo dorado debajo de los pechos temblorosos. Buscaba un corazón lleno del oro de la bondad, aquella bondad que se puede ver en la sonrisa de una abuela, que es todavía capaz de iluminar los ojos de luz celeste de la belleza y amor interior. Rubén, después de los años de adoración y ceguera por las trenzas negras y abundantes de la mujer española, ya no podía ver la belleza como algo desligado del alma, y cuando se apagó la vela de la ilusión de la hermosura externa, era capaz de sentir esa belleza en un niño de tres años o en una mujer de ochenta. Y eso precisamente porque descubrió que un cuerpo bello no hace bella al alma, mientras que un alma bella sí podría hacer a un cuerpo bello. La fuente de un alma bella es la luz viva que irradia desde lo más hondo hasta iluminar rostro y ojos, porque «el rostro es el reflejo del alma».

jueves 21 de julio de 2011

Cambios arquitectónicos y materiales del Gótico

Julia Lorenzo


Los monumentos más importantes de la arquitectura gótica fueron destinados a fines religiosos y civiles. Su extensión geográfica corresponde a la difusión en Europa del cristianismo; el área del gótico engloba las Islas Británicas, Escandinavia, Países Bajos, Francia, los estados del Imperio Germánico, Península Ibérica, Italia, la orilla oriental del Adriático y las colonias latinas en Grecia y Asia Menor. Los países del gótico son de una diversidad morfológica, geológica o climática muy grande, lo que implica a veces modos de construir desiguales.

Cambios arquitectónicos y materiales del Gótico

La Francia septentrional de los siglos XII y XIII se cubrió de iglesias parroquiales, fundaciones de los señores feudales y ricas abadías. En otros países, sólo las ciudades de cierta importancia conocen la actividad monumental. Es posible considerar que la política meridional francesa, orientada hacia la Península Ibérica durante el último tercio del siglo XII, facilitara la penetración del gótico. Inglaterra mantiene la impronta del gótico hasta su arquitectura civil en el siglo XVI.

Los principales promotores del arte gótico fueron los benedictinos (Inglaterra, Normandía, Francia). En el siglo XII, esta Orden había llegado a la cima de su poderío financiero y político, y emprendió construcciones o reconstrucciones grandiosas: Saint-Nicaise de Reims; Saint-Ouen de Rouen. En Inglaterra la abadía de Westminster y la reconstrucción de la catedral (benedictina) de Canterbury. Y también desde el principio, la nueva Orden del Císter estuvo asociada a la expansión de la arquitectura gótica. Si la primera arquitectura cisterciense fue románica (por su espíritu de pobreza), pronto llegaron estos monjes a convertirse en los principales propagadores del arte gótico. También los dominicos y franciscanos propagaron el gótico, así como las órdenes de Templarios y Hospitalarios.

En cuanto a la dirección financiera y técnica, fue muy variable y compleja. Ciertas empresas reales o principescas (Sainte Chapelle de París) pudieron ser erigidas muy rápidamente, en cuatro o cinco años, gracias a los recursos financieros de los príncipes. En el caso de las grandes construcciones, como las catedrales, la financiación no podía quedar asegurada con la fortuna de los obispos o canónigos; se solicitaban donaciones, se hacían colectas, se establecían impuestos sobre ferias y mercados. Pero estos recursos eran precarios. Pocas catedrales fueron erigidas de una vez, en veinte o treinta años (como Chartres); la mayor parte comenzaban con entusiasmo y facilidades financieras, pero conocían dificultades que provocaban paros en los talleres, como por ejemplo en Reims, en que un conflicto entre la ciudad y el arzobispo paró el taller durante años.

Los grandes talleres, como los de Colonia, Estrasburgo y Viena, nos han legado colecciones de planos y de diseños técnicos. Se poseen, además, cierto número de textos sobre la organización de los talleres. Son conocidos algunos maestros de obra alemanes, aunque la mayoría son anónimos, como el maestro de Saint-Denis. La mano de obra se agrupaba desde el siglo XIII en «logias» o «cofradías», las cuales tenían sus propias leyes para admitir, castigar o despedir a un albañil. Las aptitudes de un maestro de obra eran múltiples, pues no era solamente arquitecto o técnico, sino también autor de los trazados de las molduras, de la decoración ornamental, e incluso de la escultura y de la pintura.

Entre los elementos típicos de la arquitectura gótica, algunos como el arco apuntado son de origen oriental antiguo; el arte sasánida lo utilizó de forma habitual y lo transmitió al arte islámico desde el siglo VII. La historia de la bóveda sobre nervaduras entrecruzadas importa mucho más; los arquitectos romanos ya utilizaron muchas veces las nervaduras, pero no parece que éste sea su origen. Se ha demostrado que las bóvedas nervadas tuvieron su origen en Mesopotamia y en las primeras construcciones islámicas de Irán, aunque estas bóvedas no son exactamente los modelos de las góticas. La función constructiva y no decorativa de estos arcos cruzados es indiscutible, en muchas ocasiones no sustentan directamente la bóveda, sino que unos muretes en su extradós sustentan cubiertas planas.

Sens, Saint Denis, Chartres y Reims.
Casi todos los historiadores están de acuerdo en que Saint-Denis y la catedral de Sens son los monumentos más importantes de la creación gótica, aunque ninguno de ellos se encuentra hoy en su estado primitivo. Sens es más arcaico. Su vasta planta, sin transepto, pero con deambulatorio, reproduce las plantas románicas. Su alzado de tres pisos deriva de las triples divisiones normandas o inglesas.

Saint-Denis es más complejo y también más innovador. La obra es menuda, refinada, de una sutilidad excepcional. El grado de iluminación es sorprendente, mucho más que otras construcciones de este siglo. Así lo explica un texto escrito por el mismo Suger, el cual se maravilla de la luz continua de las ventanas, que ilumina todo el edificio con el asombroso resplandor de las vidrieras «elevando el espíritu desde lo material a lo inmaterial».

En cuanto a Chartres, la catedral románica de Nôtre-Dame del siglo XI ardió en 1194. Chartres era un centro de peregrinación muy importante, por lo que se recurrió a la generosidad de los fieles y las obras se realizaron con gran rapidez. Hoy parece confirmarse que la nave fue construida antes de 1210; en ella intervinieron varios arquitectos y su concepción fue revolucionaria en la evolución del arte gótico. La planta de Chartres es grandiosa. Comprende un doble deambulatorio con capillas. En el alzado interior y en la estructura general es donde se prueba su extraordinaria genialidad. Tiene un alzado de tres pisos con la catedral de Sens.

La catedral de Reims también es un edificio excepcional por su importancia histórica; fue la iglesia de las consagraciones de los reyes de Francia. Su planta es imitación de la de Chartres, así como el espacio interior. La historia de su construcción es muy complicada.

La luz como símbolo
La bóveda de crucería, al transmitir las presiones a ciertos puntos de los que las recoge el arbotante, en sustitución del contrafuerte o las tribunas sobre las naves laterales, permitió la apertura de grandes vanos en el paramento comprendido entre los pilares. Así se eliminó el muro al perder su razón constructiva y se sustituyó por un paramento de vidrio de color. Por este sistema, el interior gótico permanece completamente aislado y desconectado lumínicamente del exterior.

Los arbotantes, piezas fundamentales para el juego de fuerzas del edificio, se hallan situados al exterior, sin que desde dentro se permita imaginar los artificios que hacen posible que la estructura se mantenga en pie. Las catedrales de Reims, Amiens, León o la Sainte Chapelle de París ponen de manifiesto este hecho. La articulación de las vidrieras como un auténtico muro traslúcido creó un espacio determinado por una luz coloreada y cambiante. La luz gótica, a través de los colores de las vidrieras, confiere a los objetos una dimensión irreal, no natural. La idea de esta atmósfera fue el desarrollo de un simbolismo que relacionaba la luz con lo divino, tal y como lo experimentó el propio abad Suger.
La función preferente que asume la vidriera en la arquitectura gótica clásica se proyecta en dos sentidos: 1) Como medio para la configuración simbólica del espacio. 2) Como «soporte» de contenidos iconográficos en relación con los programas figurativos de la catedral.

Simson dice: «La luz no natural del arte gótico se presenta como portadora de un mundo de imágenes, cuya potencia actúa con fuerza extraordinaria sobre el alma del hombre. La luz del interior gótico encarna la idea del símbolo de la Lux Espiritualis. El valor de la luz como símbolo de la Divinidad se prolonga durante la Edad Media hasta el punto de convertirse durante los siglos XII y XIII en el centro de toda reflexión sobre lo bello». Las vidrieras fueron comparadas frecuentemente con las imágenes de brillo y fulgor de las piedras preciosas. El monje Teófilo, a quien se deben las primeras y más completas noticias de los procedimientos técnicos para la realización de las vidrieras (1), habla del «inestimable brillo del vidrio».

El abad Suger ponía de manifiesto el valor otorgado a las vidrieras, a través de las cuales podía trasladar su mente de lo material a lo inmaterial, de lo corpóreo a lo espiritual. El mismo abad dice que se embelesaba ante la belleza de la casa de Dios; las gemas multicolores le conducían a meditar sobre la diversidad de las virtudes sagradas. Esta luz no hay que considerarla como procedente de fuera, sino que dimana del interior, como si la catedral estuviese hecha de piedras preciosas dotadas de brillo propio.

A finales del siglo XIII apareció un elemento nuevo en la pintura. Fue el color «amarillo de plata», que cambió por completo la fisonomía de las vidrieras y las posibilidades técnicas de los talleres. El amarillo de plata es una sal de plata que aplicada sobre el vidrio proporciona un color amarillo oro intenso. Con él se podían alterar los colores de base de los vidrios mismos, por ejemplo: un azul en verde, un rojo en naranja. Y aplicado sobre vidrio blanco, producía colores amarillos de extraordinaria intensidad. Debemos recordar que con frecuencia el oro se entendía como símbolo del sol y de la Luz (2).

(2) Además del monje Teófilo, nos han quedado otros testimonios sobre la composición y pintura de las vidrieras: el de Cennino Cennini, el de Guillermo Marcillat (a través de Vasari), un manuscrito de Francisco Herranz y un estudio de técnica y estética de las vidrieras de Viollet-le-Duc.

jueves 7 de abril de 2011

Plotino

Plotino

Aunque se desconoce la fecha exacta de su nacimiento, debemos suponerla en los primeros años del siglo III d. C. en Licópolis, ciudad de Egipto, la actual Assiut, en la margen izquierda del Nilo. Murió en 270, apróximadamente a los sesenta y seis años.

Tampoco se conoce su origen familiar, si bien no parece que fuese egipcio, sino quizá griego, en cuya lengua se expresa en sus escritos y disfrutó de la condición de ciudadano romano.

La falta de datos sobre ese particular se justifica por parte de su discípulo y biógrafo Porfirio, al afirmar que "tenía el aspecto de quien se siente avergonzado de su cuerpo", de tal manera que eludía hablar de detalles de su vida personal y de su pasado. No festejaba más cumpleaños que los de Sócrates y Platón y para lograr un retrato suyo tuvieron que recurrir a un subterfugio, haciendo que un pintor memorizase sus rasgos con tal precisión como para reproducirlos después, sin que el Maestro se enterase.

A los veintiocho años sintió el anhelo de la filosofía y se trasladó a la ciudad de Alejandría, cuyo Museion y Biblioteca, fundados por Ptolomeo Soter en el siglo IV a.C., todavía irradiaban la potente luz de la búsqueda del conocimiento, si bien su actividad en época romana había derivado hacia la enseñanza, dejando de lado la investigación.

Allí, tras escuchar a varios de los más prestigiosos filósofos, se encontró con Amonio, apodado Sakkas, misterioso sabio que impartía sus lecciones en aquel centro, con quien permaneció por espacio de diez años. Amonio se dedicaba a formar a un numeroso grupo de discípulos en una escuela filosófica de tendencia ecléctica, que buscaba la verdad, conciliando las disciplinas y corrientes de pensamiento y creencias, por lo que eran llamados "filaleteos", amantes de la verdad. También es un enigma la identidad y origen de este Maestro que ejerció una gran influencia entre discípulos de tendencias diversas. Podemos vincular su escuela y enseñanzas a las del sacerdote egipcio Pot-Amun, el cual en los primeros tiempos de la dinastía de los Ptolomeos promovía el estudio comparado de las religiones egipcia, zoroastriana, judía, budhista y vedantina y las filosofías pitagórica, platónica y aristotélica.

A los 38 años, Plotino, que había conocido los sistemas de pensamiento orientales en la escuela de Amonio, viajó a Oriente, participando en la comitiva imperial del joven Gordiano III, en su campaña de 242 contra el rey sasánida Sapor I. Pretendía "experimentar la filosofía que se practica entre los persas y la que florece entre los indios", según indica Porfirio, su discípulo y biógrafo. Se da la circunstancia que en el séquito del rey persa Sapor se encontraba Mani, reformador de la antigua religión zoroastriana y consejero del rey.

Finalizada la expedición, y tras la firma de la paz con los persas por parte del sucesor de Gordiano, Filipo el árabe, Plotino llega a Roma a la edad de cuarenta años, iniciando así una etapa de gran trascendencia en su vida. En la espaciosa casa de la viuda Gémina empieza a impartir sus lecciones. Poco a poco se va conformando una escuela filosófica en torno a él, integrada por discípulos a los que Porfirio identifica con detalle, entre los cuales se encontraban influyentes personajes de la ciudad: senadores y hasta el mismo emperador Galieno y su esposa Salonina se sintieron atraídos por sus enseñanzas. Esta amistad animó al filósofo a solicitar del emperador la concesión y restauración de las ruinas de una ciudad de filósofos que se decía que había existido en la Campania, para fundar allí una ciudad similar, regida por las leyes platónicas, que se llamaría "Platonópolis". Pero las intrigas y rivalidades políticas impidieron la realización de esta aspiración.

La escuela de Plotino estaba siempre animada con la presencia de muchos jóvenes con los que ejercía de tutor o consejero, y toda clase de gentes de la sociedad romana que acudían para consultarle sobre aspectos no sólo filosóficos, sino tan cotidianos como la correcta administración de sus bienes o herencias. Sus lecciones estaban abiertas a todos los públicos, pero un círculo interno de discípulos recibía una instrucción orientada al despertar del "hombre interior" al que se refería Platón, y a elevar el alma hacia la contemplación y el éxtasis.

Solía retirarse a la Campania, a la finca de su amigo y discípulo, el médico Zeto de Arabia, y allí precisamente vivió sus últimos días, cuando ya había muerto Zeto, aquejado de una enfermedad que se ha identificado como "elephantiasis graecorum", parecida a la lepra. Sus últimas palabras fueron para su médico y fiel discípulo Eustoquio: "A ti te estoy esperando todavía. Esfuérzate por elevar lo que de divino hay en nosotros hacia lo que hay de divino en el universo", verdadera síntesis de su vida y doctrina. Era el año 270 y tenía sesenta y seis años.

A la muerte del Maestro, Porfirio que se encontraba en Sicilia, pues Plotino le había aconsejado emprender un viaje para superar una depresión, se hizo cargo de la Escuela.

Obras
Plotino fue ante todo un Maestro, dedicado a enseñar a sus discípulos una sabiduría, recibida a su vez del enigmático Amonio, que podríamos calificar de mistérica, en el sentido su orientación hacia la vivencia y la elevación espiritual. Al principio, debido a un compromiso que habían adquirido los discípulos del sabio egipcio de no divulgar sus doctrinas, Plotino no escribía sus lecciones, pero transcurridos unos diez años desde el comienzo de su escuela en Roma, había comenzado a reunir en notas escritas los temas de sus lecciones. La llegada de Porfirio, el erudito filólogo tirio, resultó decisiva pues, a solicitud del Maestro, asumió la tarea de sistematizar y corregir tales escritos en un corpus coherente, las "Enéadas", obra constituida por seis libros de nueve tratados cada uno. La primera Enéada contiene los tratados de tipo ético, sobre las virtudes, el Bien primario y los otros bienes, la felicidad, la belleza... Las Enéadas segunda y tercera comprenden tratados sobre el cosmos en sus diversos aspectos tanto físicos - sobre las dos materias, la rotación celeste - como algo más metafísicos: sobre el amor, la fatalidad, la providencia, la eternidad y el tiempo, o la impasibilidad de las cosas incorpóreas, entre otros. Los tratados que integran la cuarta Enéada tienen como tema central el Alma: esencia, problemas, inmortalidad..., mientras que la quinta se refiere a la Inteligencia: las tres hipóstasis, la belleza inteligible, incluyendo lo que está más allá y las Ideas. Por último, la Enéada sexta se refiere a temas ontológicos, como los géneros del Ser, los Números, el Bien y el Uno....

La filosofía de Plotino se fundamenta en Platón, aportando una interpretación original, en la que detectamos las huellas de los sistemas de pensamiento orientales. Parte del planteamiento del problema original de la creación, en la que establece tres niveles, o hipóstasis: el Uno, la Inteligencia y el Alma. El Uno, como Primer Principio, crea mediante la emanación de su superabundancia, como una fuente que fluye sin agotarse jamás. No crea directamente el mundo, sino que lo hace mediante lo inteligible - las Ideas de Platón -, como una luz, como la imagen del Uno: es Nous, la Mente Universal. La Mente, a su vez, a través del Alma del mundo, que unifica la pluralidad de las almas, produce el mundo corpóreo o sensible, lo gobierna y lo ordena. El Alma del hombre procede de la parte superior del Alma universal. En el alma se encuentran el ser y el no ser, como si se tratase de un plano intermedio. La materia, con su pluralidad, recibe a las almas y las envuelve, las aprisiona y hace que olviden su origen.

La misión del alma es liberarse de la materia, despertando en ella el anhelo de elevarse hacia lo Uno, de donde ultérrimamente procede. Hay dos vías de elevación. La primera vía parte desde abajo, y consiste en acercarse a lo inteligible, liberándose de lo sensible mediante la ciencia. La segunda vía es para los que han llegado ya a lo inteligible, y a su vez consiste en dos etapas: la música, el amor y la filosofía conducen a la primera etapa, y la segunda tiene su culminación en el instante del éxtasis, al que llega el alma mediante la interiorización, hasta hacerse semejante al Uno. Este es el proceso final de la filosofía para Plotino: la unión del alma con Dios, la liberación del alma de sus ataduras: "recogiéndose en sí misma, sin ver nada verá la luz, no como otra en otra cosa, sino como sí misma por ella misma, pura, brillante, instantáneamente de sí misma", dice Plotino en la Enéada quinta.

La influencia de la filosofía plotiniana fue muy amplia y extensa, configurando la corriente que conocemos como Neoplatonismo, con brillantes manifestaciones desde San Agustín, Escoto Eriúgena, Nicolás de Cusa, hasta Leibniz, Spinoza o Schelling. En el Renacimiento, Marsilio Ficino hizo de Plotino el Maestro inspirador de la Academia florentina de Villa Careggi.